sábado, 3 de julio de 2010

Cuéntase por las calles del pueblo sin caminos que su cuerpo, ese saco agujereado de nostalgias y pocos planes que verán el oro, sufrió un cambio prácticamente definitivo, aunque difícilmente perceptible en una primera panorámica. Manos y corazón intercambiaron roles, como si el piso cayera sobre el orín. De las arrugas de su palma brotaba un sonido uniforme que, comentan también, era la señal clara de que si no acariciaba no vivía. Desde el interior de su pecho, con un estetoscopio de precisión escandalosa, podía escucharse cómo crecían uñas. Todas las noches quiere ser un violador desaforado, por una noche, y nunca se decide a llevar a cabo el plan, tirado en su cama, sin taparse una de las piernas.

1 comentarios:

María dijo...

y el pecho aplaudía, enardecido, de imaginarse latiendo otra vez sobre un cuerpo otro.



(igual no entendí todo el cuentoema)

 

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