miércoles, 3 de diciembre de 2008

De una herida en un pecho con un hueco caen gotas de sangre. Después de mirarlas bajar y bajar de ese cuerpo inmóvil colgado a unos cuidadosos tres metros de altura me decido a poner la mano bajo los pies, en el lugar por donde seguirían las gotas ya en el aire, más rápido, en un descenso precipitado, como si sintiera miedo de que al golpear con el piso se trizara la sangre que robaba mi atención en ese entonces. De repente el estremecimiento de sentir sangre de otro entre los dedos. Un segundo retorcerme al ver cómo ésta rebota rojamente y empieza a volver a la herida, escalar por las piernas todavía tiesas, retornar al cuerpo que había abandonado como la vida lo había abandonado. A la distancia se divisa acercándose una escalera de madera que se ubica donde antes estaba el aire entre las suelas y el pasto. El cuerpo, ya recuperada la sangre y tapiado de piel el hueco, comienza a temblar para todos lados hasta quedar quieto, sonriendo. El nudo se deshace solo, la soga vuelve a limpiarse y queda reluciente (aparentemente fue comprada para esto y no fue casualmente elegida entre los objetos del garage). Las marcas en su cuello, otrora oscuras como la noche, amanecen.
El hombre baja los escalones sin decirme ni una palabra, y sale caminando, muy decidido, como si recordase a alguien más.

5 comentarios:

Pio dijo...

Hace rato que no leés nada.

franco dijo...

qué habrá querido decir Pio...

°°Unún°° dijo...

Bajar escalones es pulento!

Mateo dijo...

"...como si recordase algo." me suena mejor.

Pio dijo...

Hablo de grabadorcitos. Práctica otrora celebrada y piola.

 

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