jueves, 8 de mayo de 2008

En ese día amargo, agrio o cualquier sentimiento enormemente desagradable para el paladar sensible, me disponía a transitar con el mayor nivel de normalidad posible por el planetita este siempre móvil al que estoy pegado por las intangibles leyes de la gravedad. Pero eso era simplemente imposible. La fuerza que hacía cada músculo de mi cara se traslucía por mis pómulos dejando al descubierto por completo la repugnancia que experimentaba. Dudando por un instante hacia qué orientar el manjar de horas malgastadas, me decidí por escuchar a mi consciencia mientras caminaba, para pensar en un poema que voy a olvidar, y que va a ser inconmensurablemente mejor que cualquiera que pueda escribir jamás.
Pensé:
-Sentate.
Y de mí o de otro lugar resonó la respuesta:
-Me siento acá y me siento horriblemente angustiado.
Pasadas unas horas tendido en el suelo con un libro yaciendo sobre el regazo aterido por los resabios de la helada de anoche, solo como el sol en el cielo que me molestaba los ojos, de repente apareció un curioso, evidentemente aburrido de su vida, y aparentando estar interesado en mis actividades preguntó, no sin cierto recelo hacia la posible respuesta que obtendría de parte de alguien solo tirado en medio del piso con un libro desconocido entre las piernas:
-¿Qué estás haciendo? -palabras dejadas caer como quien se queda calvo, sin poder hacer nada para evitar que suceda, y disgustado conque suceda.
-¡Estoy sintiendo el frío! -creo que grité un poco.
Mi contestación lo dejó tan perplejo como decepcionado al parecer, e inmediatamente continuó su marcha sin despedirse, y sin ofrecerme un abrigo, intuyo que por miedo a que se lo rechace.

3 comentarios:

Panza dijo...

Una curiosa exaltación del yo. Buen texto, Franquera.

¡Hasta la Victoria! dijo...

Buenísimo, lo leí en voz alta xD

vick dijo...

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muy lindo, franco
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muy lindo realmente.

 

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