hoy fundé una gran ciudad, un imperio, su religión, una nación ordenada, una espera ahogada vagamente, todos los espacios geográficos bajo mi tutela, a latigazos
Los giles llegan tarde -dice mi amigo- a los momentos de mayores dudas sobre su vida, sobre para qué vivir, sobre lo mal que han vivido, sobre de qué van a vivir y ¡oh pobrecitos! sobre que nada les gusta. Llegan tarde y se sienten acongojados, con un peso insoportable ¡oh pobrecitos! Llegan tarde y, esto es lo peor y lo más despreciable, se quieren mostrar más desdichados que como se mostraron los que no llegaron tarde. Que mi risa retumbe en su abismo.
En ese día amargo, agrio o cualquier sentimiento enormemente desagradable para el paladar sensible, me disponía a transitar con el mayor nivel de normalidad posible por el planetita este siempre móvil al que estoy pegado por las intangibles leyes de la gravedad. Pero eso era simplemente imposible. La fuerza que hacía cada músculo de mi cara se traslucía por mis pómulos dejando al descubierto por completo la repugnancia que experimentaba. Dudando por un instante hacia qué orientar el manjar de horas malgastadas, me decidí por escuchar a mi consciencia mientras caminaba, para pensar en un poema que voy a olvidar, y que va a ser inconmensurablemente mejor que cualquiera que pueda escribir jamás. Pensé: -Sentate. Y de mí o de otro lugar resonó la respuesta: -Me siento acá y me siento horriblemente angustiado. Pasadas unas horas tendido en el suelo con un libro yaciendo sobre el regazo aterido por los resabios de la helada de anoche, solo como el sol en el cielo que me molestaba los ojos, de repente apareció un curioso, evidentemente aburrido de su vida, y aparentando estar interesado en mis actividades preguntó, no sin cierto recelo hacia la posible respuesta que obtendría de parte de alguien solo tirado en medio del piso con un libro desconocido entre las piernas: -¿Qué estás haciendo? -palabras dejadas caer como quien se queda calvo, sin poder hacer nada para evitar que suceda, y disgustado conque suceda. -¡Estoy sintiendo el frío! -creo que grité un poco. Mi contestación lo dejó tan perplejo como decepcionado al parecer, e inmediatamente continuó su marcha sin despedirse, y sin ofrecerme un abrigo, intuyo que por miedo a que se lo rechace.
Yace, pace o nace a veces en un reco-veco particularmente oculto bajo la sombra escondida de un peligro un escritorio sobre el que nadie escribe un escritorio que está furioso furioso como toro recientemente castrado o como la vaca, por la castración del toro
el escritorio furioso se aferra como sierpe a la idea o utopía de recibir caricias del grafito de un lápiz poemático pero quien debería hacerlo está muy ocupado todavía masticando la pena que le quitaría la blancura de las hojas que quitarían la furia del escritorio furioso
que espere, quietito, como en clausura en medio de libertinos, envidiando, que todo dolor en cuerpomente sensibles acaba acariciando la espalda preciosa de escritorios furiosos que tanta falta hacen
-¡Pido que se me explique urgentemente por qué me entristece tanto saber que las personas no son impredecibles! -gritó en medio de la mugrienta multitud que, casualmente, dio en escuchar la exclamación de quien parecía solamente un joven despeinado capaz de nada.
Al unísono se escucharon voces confundidas como si estuvieran sincronizadas atómicamente: -Nadie te puede dar tamaña respuesta.
Sacudido por temblores provenientes de atrás de los huesos, el castaño mozalbete entendió que el reluciente filo de un elemento punzocortante servía para eliminar fatalmente todas las dudas si se lo empleaba de la manera adecuada. Después de ver el charco de sangre y la pila de carne inmóvil, la multitud comprendió que ya nadie quedaba en el mundo capaz de hacer preguntas de esa clase, ya no.
Tengo así como un aire, un airecito que trepa por mi cuerpo, que me escala el cuerpo
Es casi una nube no blanca que no surca el cielo sino mi cuerpo no celeste ni perfecto
Es infinita o no le conozco la parte de atrás. Siempre sube, siempre desde abajo sube esta nube, es decir, a contramano de la gravedad
Se estaciona entre mi cara y eso que nadie toca, pero, según algunos, piensa en mujeres locas que nunca se ocupan de calmarme
La nube y la letra jota siempre me hacen lo mismo: se me instalan sin aviso ni permiso donde ya dije causando todo tipo de secretos sentimientos, por ejemplo, la caída indigna, torpe y descuidada de estos versos
Aparecéteme cuando esté desnudo como si nadie lo hubiera hecho antes. Caete de la cama y encontrate como yo. Abrí los ojos y envolvete las muelas con coronas de espinas. Tu boca es de lo más peligroso que pueda conocer cualquier soldado sin uniforme. Empezá a nevar arriba mío algún día. Enfriame todo lo que puedas. Tengo el abrigo de la soledad de vos y más aún el de una enfermedad que no entiendo. Puedo encontrarte en sueños y besarte pero encontrarte sueño y besarte quiero pero siempre estás cuando me muero siempre cuando me muerdo siempre y asustan tu pelo, tu voz, tus ojos y yo trago saliva pólvora y exploto como si nada.
Entro a mi casa. Dialogo con ella mientras pinto su retrato. Ella no comprende que yo sea capaz de hablar, dice que mi comida fue repugnante, que al salir de mi casa comerá cualquier cosa que encuentre y volverá con diez kilos extra, así mi lienzo de ella queda desproporcionado, comparando eso con mis fallas al sazonar y razonar. Sale. Entro a mi casa. Me esfuerzo y termino el cuadro sin ella. Entro de nuevo a casa. Hablo con su retrato. No contesta. Entro a casa. Leo un rato y la intensidad de lo que no leí me duerme. Entro a casa. Es inexplicable cómo puedo entrar tantas veces sin haber salido nunca. Posiblemente Kafka me entendería un poco.
Es todo a causa de sus ojos. Como si su cuerpo no existiese prácticamente. Imagino cómo sus ojos atenderían mi llamado ring ring, cómo aceptarían mi invitación y sonreirían un poco. Veo sus ojos desnudos bañándose tranquilamente y luego vistiéndose frente al espejo vanidosos. La caminata sensual de sus ojos desde su casa hasta la mía y cómo tocarían el timbre con el iris. Sus ojos cenando conmigo, sus ojos bebiendo conmigo. Sus ojos de varios colores vueltos en rojo. Sus ojos en mi pieza. Sus ojos desnudándose de nuevo, como si todo el embellecimiento anterior hubiese sido pura pose. Y sus ojos amándome. Después, como llamado por la brutalidad de la conciencia, abro los míos, arreglo mi cama, y comienzo el día en que no veré sus ojos.
La situación, vista desde otro punto de vista seguramente parecería totalmente convencional. Involucra a la eterna y más tarde cristiana conjunción de un solo hombre con una sola mujer, pero se la encuadra entre ciertas palabras y unos signitos de ayuda para que simule tener algunas chispitas de distintividad.
Comprate mis horas baratas en subasta y mi muerte, que hay reptiles de sangre caliente ansiosos por ser descubiertos y puestos en observación sin precaución o distinción en tiernos y malditos. Todos, posiblemente, con gusto cavaríamos un hueco hasta el mismo centro de la tierra y sin mucha molestia taparíamos la entrada desde adentro. O una nube, pasajera del viento, aventurera de Dios, nos taparía delicadamente desde arriba.
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